Hay un momento en la vida en el que ya no basta con cambiar hábitos, soltar creencias o poner límites. Todo eso es importante, sí, pero es la superficie. El verdadero giro ocurre cuando te atreves a mirarte sin filtros y reconoces quién eres hoy.
Aceptar tu verdadero yo es el paso que casi nadie menciona porque es el más incómodo. Requiere silencio, sinceridad y una valentía que no se presume en redes.
La identidad que construiste para sobrevivir
Durante años aprendemos a encajar. Adoptamos creencias que no son nuestras, hábitos que no nos representan y expectativas que nunca elegimos. Pero llega un punto en el que esa identidad prestada empieza a pesar.
Aceptar tu verdadero yo implica reconocer que muchas de las versiones que interpretaste fueron necesarias, pero ya no son tu hogar.
El vértigo de reconocerte
Mirarte de verdad da vértigo. Porque aceptar quién eres hoy significa admitir que has cambiado. Y admitir que has cambiado significa asumir que algunas cosas ya no encajan contigo.
La incomodidad de ser auténtica
Ser auténtica no es “ser tú misma” en abstracto. Es ser tú misma, aunque incomode. Aunque otros no lo entiendan. Aunque te miren raro.
Vivir desde tu verdad
Cuando aceptas quién eres, el cambio deja de ser una obligación y se convierte en una consecuencia natural. Ya no cambias para encajar, cambias para estar en paz.
Aceptar tu verdadero yo no es el final del camino, sino el inicio de una vida más coherente. A partir de aquí, cada decisión, cada hábito y cada cambio nace desde un lugar más honesto. Y quizá ese sea el mayor acto de libertad: permitirte ser, sin pedir permiso.
0 Comentarios